De la época de la inauguración del teatro lo único que me acuerdo es que nos contaban que hicieron una torta bien grande y que tenía una estrella. Nuestra casa estaba al lado del teatro, desde la puerta de escape del teatro se podía entrar a la cocina, al comedor y al patio de la casa. Me acuerdo que cuando venían obras de comedia nos pedían los muebles prestados para la escenografía. Los muebles, los sillones, todo eso lo prestaba mi mamá.
Era tan distinto Villa Alemana, no es que fuéramos importantes, sino que todos nos conocíamos. Lo que sí tengo presente es que había diferentes comunidades, colonias. Por ejemplo, en la esquina de Latorre y Santiago estaba la Florida, que era una paquetería de judíos, al frente estaba una carnicería de un señor italiano, más abajo había un almacén de otro italiano.
El teatro era parte de mi rutina. Iba a matiné y vermut, yo creo que por eso me mandaron al colegio interno, pero el cine era la distracción de la época, todavía no existía la tele. Yo estudié dos años en Villa Alemana, en un colegio donde ahora está el Santa Isabel. Después me fui interna a las Monjas Francesas de Valparaíso y luego a las Monjas Pasionistas de Playa Ancha. Sí, estuve interna… yo creo que por eso odiaba el colegio.
El centro de Villa Alemana era como es ahora, todo funcionaba alrededor de la calle Latorre. La gente iba a pasear allá, a esas dos cuadras entre el paseo y la estación. El comercio estaba entre Progreso y Blanco, las paqueterías, las librerías, los almacenes, todo estaba en el centro.
Era una rutina para todo el mundo ir el domingo al teatro, pero algo inesperado fue cuando vino Doroteo Martí y unos jóvenes de esa época le tiraron flores al final de la actuación. Entre ellos estaba el papá de la Cecilia Bolocco, que vivía donde está el colegio Champagnat. Yo era chica todavía, pero me quedó grabado que fueron a tirarle flores… cardenales.
Mi abuelo no estaba a cargo del cine, sino que lo administraba una compañía. Como el año ’60 mi papá (Ítalo Composto) se hizo cargo y se preocupó de hacer espectáculos y eventos. Cuando falleció mi papá nos hicimos cargo nosotros, pero ahí ya empezaba la decadencia del teatro porque ya no era la única distracción, estaba la tele. Y ahí también vino la división de lo que nos dejó mi papá: mi hermano mayor se quedó con el teatro, a mí me dio los locales del sector norte y a mi hermano menor los del lado sur.
Cuando se vendió el teatro no pasó nada, no fue un golpe tan duro porque iba a seguir siendo de Villa Alemana y de la Municipalidad. Ahora sí me da un poco de pena porque recuerdo a mi padre y a mi abuelo, su preocupación y su gran amor por el teatro, pero también me da alegría porque el teatro sigue adelante.
Yo me siento orgullosa de mi abuelo que siendo extranjero entregó tanto porque no tan solo construyó el teatro, sino que también ayudó al alumbrado de Villa Alemana, a la construcción de puentes y varias otras cosas. Él no contaba mucho, nosotros lo veíamos como algo natural. Participaba en muchas cosas, quizás venía más preparado que otros inmigrantes. Lo mismo mi papá. Pero la generosidad de mis padres y abuelos venía desde los dos lados, por parte de papá y mamá. Mi abuelo materno supuestamente sólo era carpintero, pero hizo el edificio que está en Maturana con Valparaíso, otras casas en calle Buenos Aires… ellos hicieron tantas cosas, que para mí era normal.
Es sorprendente cómo pasa el tiempo y el teatro sigue ahí, gracias a Dios. Me siento parte de la historia de Villa Alemana por lo que fueron mis padres y abuelos. Yo vivo en Viña del Mar, pero sigo yendo a Villa Alemana, participo en la comunidad de allá, un hijo mío vive allá y otros dos viven en Estados Unidos, pero cuando jubilen quieren venirse a Villa Alemana. Tienen el mismo cariño por la ciudad que yo. Echo de menos el cine y eso que acá lo tengo a dos cuadras, pero no es lo mismo.








