Hace 100 años, el Teatro Pompeya se convirtió en un ícono de Villa Alemana. No sólo por su arquitectura o por ser un espacio de arte, encuentro y alegría, sino porque durante décadas fue uno de los principales pasatiempos de la ciudad. Por eso, está lleno de historias que quedarán para siempre acá.
Que sea Monumento Histórico Nacional, de propiedad municipal y público, es un valor que no todas las ciudades pueden contar. Por estas butacas han pasado miles de personas; aquí nacieron amistades, amores y familias. La familia Composto tuvo la visión de levantar un teatro para una ciudad pequeña, pero con enorme potencial. Se preguntaban por qué Viña del Mar tenía un teatro y un parque y nosotros no. Así nacieron el Pompeya y también el actual Parque Carlos Longhi Ruiz. Un siglo después, esa visión sigue viva.
Cuando hablo del Pompeya, los recuerdos se agolpan en mi mente. Para mí, sentarme acá es volver a la infancia: a la galería, porque muchas veces no alcanzaba para más; a juntar monedas para una entrada; a venir a disfrutar una película, la amistad y ese ambiente de un teatro siempre lleno, cuando había pocos televisores y el Pompeya era el gran lugar para encontrarse y entretenerse.
Miro estas mismas tablas y me pregunto cuántas personas y artistas han pasado por ellas, cuántas historias dejaron aquí. A todos ellos también debemos agradecer que este teatro siga siendo hoy un espacio municipal y abierto a toda la comunidad.
Cumplir 100 años es un logro del Pompeya, de Villa Alemana y de todos quienes lo hemos hecho parte de nuestra vida. Mi invitación es a comprometernos con la cultura, cuidarlo y mantenerlo siempre vivo, para que en 100 años más siga siendo este lugar de encuentro, memoria y cariño que pertenece a todos.








